jueves, 10 de marzo de 2011

STELLA DÍAZ VARIN

ADVENIMIENTO


Una cruz dibujada con perfiles de sombra.

Está mi cabellera ligeramente absorta

cubriéndole el estiércol a los ojos del mundo.

Está mi arquitectura de raíces informes

ahuyentando a los cuervos, dominando el silencio

y esperando su hora.


Ay, hombre de los ojos y de las manos raras,

me gusta tu demencia más que tus reflexiones.

Dime que soy la hembra de un buho alucinado,

que de contar estrellas dormidas,quedó ciego.


¿Qué quieres de mi pobre manantial escurrido?

¿Qué quieres si ya sabes repetir mi palabra?

Un gesto de mi ano sabe cantar tu angustia:

un gesto de mi mano sabe domar tus ansias.


Hombre de las inquietas pupilas de aceituna,

capitán de las rojas carabelas del alba,

sabes que el Alfarero me hizo triste, ¿qué quieres?

Yo no sabía entonces que iba tener u alma.


Llegó un luna roja con sus ojos hundidos

a besar a los cardos.

Murió un cuervo esa noche,

y empezó mi jornada.

Ya ves qué de repente puede haber una noche,

puede morirse un cuervo.

Ya ves, qué de repente puedes contar las larvas
que beben en la cuenca vacía de tus ojos.


Ó una luna roja con sus ojos hundidos

a fabricar los peces

Yo estaba en ese instante en la madera. El leño

crepitaba de rabia porque estaba conmigo,

yo estaba en la madera,

y el leño era mi amante.


El Alfarero vino,tomó un trozo de fuego

y modeló mi entraña.

Después, apasionada y silenciosamente

dibujó mi sonrisa

que es esta mueca absurda que me forma la cara.

¿Qué quieres, pues?

Ya estoy como yo lo quería...

Ah, me olvidaba, ¿sabes?

De la primera nota de la flauta del viento

fue modelada mi alma.


QUE TE CIEGUE LA LUZ, HIJO


Que te ciegue la luz, hijo.

Ven de la luz;

desde donde la pupila sueña

y vuelve, atormentada,

como un escombro vivo,

como especie de flor, como pájaro;

carbón de víscera terrestre

así, como víscera de árbol.


Deja que se ensañe la luz, hijo.

Desciende como los antiguos ángeles,

como lo malos discípulos,

ardiendo en su pasión, desheredados.

Así como las fieras, hijo,

incomprendidas del río, intocada,

absolutas. Tristes.


Ese ser el día,

-presentimiento que no quise,

tú sabes, lo conoces-

que tomaré la forma deseada,

ojo de estiércol, húmedo:

aprisionaré tu llama,

tu superficie extraceleste,

tu mirada de centro obscuro,

tu trigal:

la tibia voluntad de la piel

me ayudará y seremos.


Nunca antes pudimos.

Yo era como esas pequeñas fuentes secas.


Desciende, hijo, de la luz,

avizora el espacio,

avizora el horizonte,

la curva que deja el corazón de un muerto,

ña mano que se esconde,

la mano que nadie quiso acariciar.


Seremos.

Tú y yo, venidos,

irremisiblemente,

unidos como dos tallos jóvenes aun

queriendo apenas lo que no se nos dio.


Amando

lo que la luz aconseja,

el vértigo,

la hondonada del silencio,

el color de las piedras;

tantas cosas simples y distintas;

llegaremos a mar la contextura de Dios

tan difusa,

tan perfecta como tus pequeños ídolos.

La madera de Dios

tan bella y roja

como el corazón de los árboles,

tan bella y roja

como el corazón del veneno.


Que te ciegue la luz, hijo,

que te atormente;

ven de la luz, inúndate,

ten la luz y desmiente la tiniebla.

Ven, hijo, arrodíllate.

Cree en los amaneceres.

En la luz son más bellos

los ojos de Dios.


No hay comentarios: